
Bugatti FKP Hommage: el Chiron que quiso ser Veyron
Hace exactamente veinte años, el mundo del motor se detuvo. No es una exageración. Cuando el Bugatti Veyron tocó el asfalto por primera vez, reescribió las leyes de la física para los coches de calle y nos obligó a inventar una nueva categoría: el hipercoche. Fue un auténtico portento de la ingeniería, un vehículo que rompió todas las barreras y que fue tomado como ejemplo por todos sus rivales contemporáneos. Hoy, en un ejercicio de nostalgia tecnológica y artesanía, la marca de Molsheim ha decidido cerrar el círculo con su última creación: el Bugatti FKP Hommage.
Hemos visto muchas ediciones especiales dentro de la marca, pero esta es diferente. No es solo un superdeportivo con pintura exclusiva, es más bien un tributo a dos gigantes. Por un lado, al Veyron original, esa bestia de formas redondeadas que desafió a la lógica. Por otro, al hombre que tuvo la audacia de soñarlo: el mítico Ferdinand Karl Piëch (de ahí salen las siglas F.K.P.). Dicen que la idea del motor W16 que tantas alegrías ha dado a Bugatti nació en un boceto que Piëch dibujó en un sobre mientras viajaba en un tren bala en Japón. Bendito viaje aquel.

Esta joya es la segunda obra del exclusivo «Programme Solitaire«, tras el Bugatti Brouillard que fue presentado año pasado. Por fuera puede recordar poderosamente al Veyron de 2005 con esa característica carrocería «reclinada» hacia atrás que se alejaba de las cuñas agresivas de los Lamborghini de la época. Sin embargo, sus entrañas son pura vanguardia. El motivo es que su base técnica es el Chiron Super Sport, por lo que monta el W16 de cuatro turbos y 8.0 litros de capacidad, con ese nivel de potencia que llegó hasta los 1.600 CV y 1.600 Nm de par.
Como decíamos, se han hecho modificaciones para acercarse al diseño original del Veyron, un viaje que comienza con su pintura. Aunque lo parezca en las imágenes, no es un simple rojo y negro. Los ingenieros han aplicado una capa base de aluminio plateado bajo un barniz rojo tintado, creando un efecto tridimensional que hace que el coche parezca estar en movimiento. Y las partes negras no son pintura, sino fibra de carbono expuesta que ha sido tintada con un 10 % de pigmento negro. Es sutil, elegante y técnicamente abrumador.

Pero donde realmente se siente el homenaje es en el interior. En el Bugatti FKP Hommage se vuelve a elementos clásicos, con el volante circular, limpio y bauhausiano del Veyron original como protagonista. La consola central es una pieza maciza de aluminio mecanizado que parece sacada de una galería de arte. Y, como toque de excentricidad (algo muy propio de Bugatti), el salpicadero aloja un Audemars Piguet Royal Oak Tourbillon. No es un reloj pegado, está integrado en un mecanismo de «góndola» motorizada que lo mantiene cargado con el movimiento del propio coche.
Frank Heyl, el jefe de diseño, habla de este coche como si fuera el facelift que nunca llegó a producirse del Bugatti Veyron. Es el «qué hubiera pasado si». Si el Veyron fue el coche que nos enseñó a soñar con los 400 km/h, el FKP Hommage es la prueba de que, dos décadas después, ese proyecto sigue teniendo un encanto inigualable. Eso sí, con tecnología actual y con la prueba fehaciente de que lo que se ha avanzado. Ahora la mira está puesta en los 500 km/h.
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