
A ciegas, con las manos llenas de grasa
La historia de Leopoldo Vicente es uno de esos pasajes que te reconcilian con la raza humana. Ejemplo de que la voluntad y el esfuerzo no entiende de barrera alguna, el amor de Leopoldo por los coches va mucho más allá que cualquier barrera conocida. Este hombre, natural de Salamanca, es un fanático del los motores, una pasión que empezó hace 25 años y que se ha ido incrementando con el paso del tiempo, hasta convertirse en su opción de ocio preferente, a la que dedica varias horas cada día.
Hace cinco años, Leopoldo perdió la vista, un contratiempo que no la ha impedido continuar practicando su afición por la mecánica, y es que se pierde la visión, pero no la memoria y tampoco las ganas. Sus manos son ahora las herramientas que le guían a través del interior de un motor, permitiendo realizar su trabajo sin mayores problemas, como cualquier otro mecánico. Cambiar el aceite, una bombilla de un faro, un motor completo e incluso la distribución de un coche no tiene secretos para sus manos, que a diario están llenas de grasa de motor.
Además, como el mismo reconoce, y aunque haya sido tachado por algún especialista como materíal de literatura fantástica, cuando Leopoldo perdió la vista, el resto de sus sentidos se agudizaron. Para evitar posibles accidentes a la hora de trabajar, en lugar de un foso, zona de actividad habitual de un mecánico, Leopoldo adquirió un elevador, con el que confiesa sentirse más seguro al tener el vehículo por encima de su cabeza. Gracias a este sistema puede tener acceso a los bajos del vehículo para hacer las reparaciones que sean necesarias, o simplemente cambiar el aceite.
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